sábado, 25 de marzo de 2017

BAHÁ'U'LLÁH, La gloria de Dios | Presentación de Mabel Britez

Los amigos de la escuela de verano me invitaron a compartir con ustedes un libro maravilloso que seguramente todos tenemos en casa, y que fue editado en mayo de 1992 en ocasión de la conmemoración del centenario del fallecimiento de Bahá’u’lláh, por recomendación de la Casa Universal de Justicia.
Es un libro que hace un recorrido sobre la vida y obra de Bahá’u’lláh en forma clara y nos orienta sobre como presentarlo a aquellos amigos que no lo conocen, también es una introducción clara de fe para presentar a Instituciones.
A primera vista es un libro, de tan solo 54 páginas pero en la medida que comenzamos a pasar las páginas se abren infinitas ventanas que nos impulsa a investigar más, nos direcciona a nuevas búsquedas. Encontramos 13 títulos cada uno con un pequeño desarrollo.
El nacimiento de una nueva Revelación
Exilio
La Declaración en el Jardín de Ridván
"La Inmutable Fe de Dios"
La Manifestación de Dios
"Una civilización en continuo progreso"
El Día de Dios
La Proclamación a los Reyes
La llegada a Tierra Santa
La religión como luz y oscuridad
La Paz Mundial
"No por Mi propia Voluntad"
El Convenio de Dios con la Humanidad

Este texto ofrece una perspectiva del sentimiento de confianza con el que los bahais de todo el mundo contemplan el futuro de nuestro planeta. La necesidad crucial de la humanidad es encontrar una visión unificadora de la naturaleza del hombre y la sociedad. En el último siglo la respuesta de la humanidad a este impulso llevo a una serie de trastornos ideológicos que convulsionaron nuestro mundo y que ahora parecerían haberse agotado. La pasión puesta en esta lucha testifica lo profundo de esa necesidad, pese a los resultados un poco desalentadores, pues, sin convicción común acerca de curso y dirección de la historia humana, es inconcebible que puedan echarse las bases de una sociedad global a la sean capaces de comprometerse las masas de la humanidad.
Tal visión se desarrolla en los textos de Bahaullah la figura profética del siglo XIX cuya influencia creciente es el hecho más destacable de la historia religiosa contemporánea.
Nacido en Persia el 12 de noviembre de 1817, a los 27 años inicia una empresa que continua hasta nuestros días y que nos contiene, somos parte de ello. Empresa que ha cautivado gradualmente la imaginación y la lealtad de varios millones de personas prácticamente de todas las razas culturas, y naciones de la tierra. El fenómeno es de tal magnitud que no tiene punto de comparación en el mundo contemporáneo.
Bahaullah declaro ser nada menos que el Mensajero de Dios para la edad de la madurez humana, el portador de una revelación Divina que cumple con las promesas hechas en las religiones anteriores y que generara el valor y los recursos espirituales necesarios para la unificación de los pueblos.
Aún sin hacer nada más los efectos que ya tuvieron la vida y los escritos de Bahaullah deberían atraer la atención sincera de cualquier persona que crea que la naturaleza humana es fundamentalmente espiritual y que la organización venidera de nuestro planeta debe estar inspirada en ese aspecto de la realidad.
La documentación que acredita estas afirmaciones está abierta a la investigación general, por primera vez en la historia, la humanidad tiene a su disposición una crónica detallada y verificable de la vida y obra del fundador de la nueva fe.
Hoy en día prácticamente no existe región de mundo donde el modelo de vida enseñado por Bahaullah no sea conocido. Los escritos de Bahaullah abarcan una variedad de temas, desde cuestiones sociales como la integración racial, la igualdad de sexos, el desarme, a aquellas cuestiones que afectan la vida íntima del alma humana. Los textos originales, muchos de ellos escritos de su puño, otros dictados y ratificados por El, han sido conservados cuidadosamente y un programa sistemático de traducción y publicación ha hecho que los escritos de Bahá’u’lláh estén disponible al público en general.
La misión de Bahaullah se inició en una mazmorra de Teherán, en agosto de 1852. Nacido en una familia noble cuyo linaje se remontaba hasta las grandes dinastías del pasado imperial de Persia, no acepto la carrera ministerial que le brindaba el gobierno y escogió en su lugar dedicar su energía a diversas tareas filantrópicas que para comienzos de la década de 1840 le habían ganado el amplio renombre como el “Padre de los pobres”, esta vida privilegiada se desmoronaría después de 1844 cuando Bahaullah se convirtió en el principal defensor de un movimiento que había de cambiar el curso de la historia de su país.
Los primeros años del siglo XIX fueron un periodo de profundas expectativas mesiánicas y muchos profundamente perturbados por las implicaciones científicas y de la industrialización, creyentes sinceros, se volvieron hacia las escrituras de sus respectivas confesiones buscando comprender los cada vez más acelerados procesos de cambios. Así surgen los templarios, y los milleritas que creyeron haber encontrado pruebas en las escrituras que apoyaban su teoría de que la historia había terminado y que el retorno de Jesucristo era inminente. En Oriente medio pasó algo similar y algunos aseveraban que el cumplimiento de algunas profesáis del Corán eran inminentes.
Sin duda, el más dramático de estos movimientos milenaristas había surgido en Persia alrededor de una persona y las enseñanzas de un joven comerciante de la ciudad de Shiraz, conocido en la historia como el Bab.
Durante 9 años, desde 1844 a 1853, persas de todas las clases sociales se vieron envueltos, en un torbellino de esperanza y entusiasmo desatado por el anuncio hecho por el Bab de que el Día de Dios estaba cerca y que Él mismo era el Prometido de las escrituras Islámicas, la Humanidad estaba, según decía el Bab en el umbral de una era que presenciaría la reestructuración de todos los aspectos de la vida.
La Misión del Bab era decía Él preparar a la humanidad para recibir al Mensajero universal de Dios, “Aquel a quién Dios Manifestará” el esperado por todas las religiones.
Esta declaración despertó una reacción bastante hostil por parte del clero musulmán que enseñaba que el proceso de la revelación Divina había terminado con Muhammad y que cualquier otra afirmación de lo contrario constituía una apostasía castigada con la muerte.
Es así que miles de seguidores de la nueva fe rápidamente fueron perseguidos y perecieron una horrible serie de masacres, el Bab fue ejecutado públicamente el 9 de Julio de 1850.
La nobleza de la vida y las enseñanzas del Bab el heroísmos de sus seguidores y la esperanza de las reformas fundamentales que habían encendido una luz en ese lugar tan oscuro y despertaron la curiosidad de muchos.
Debido a su destacado papel en la defensa de la Causa del Bab, Bahaullah fue arrestado y conducido encadenado y a pie hasta Teherán. Protegido en cierta manera por una reputación personal impresionante y por la posición social de su familia. Y por las protestas de los babis, no fue sentenciado a muerte como pedían influyentes figuras de la corte, sino que fue arrojado en el famoso Siyáh-Chal, el Pozo Negro, una mazmorra, especie de cárcel, que se había creado en uno de los depósitos de agua abandonado de la ciudad, no se presentaron cargos, pero Él y 30 compañeros fueron confinados sin apelación posible en la oscuridad y suciedad de ese pozo, rodeados de criminales muchos condenados a muerte. Alrededor de su cuello pusieron una cadena muy pesada, como no falleció rápidamente como esperaban, intentaron envenenarlo en varias ocasiones. Las marcas de esas cadenas lo acompañaron toda su vida.
En los escritos de Bahaullah ocupa un lugar fundamental los grandes temas como Dios, El Papel de la revelación en la historia, la relación que existe entre los diferentes sistemas religiosos del mundo, el significado de la fe y la autoridad moral como base de la organización humana.
Algunos pasajes hablan e sus propia experiencia espiritual, de Su respuesta a la llamada de Dios y del dialogo con el Espíritu de Dios. Nunca antes la historia religiosa ha ofrecido al investigador la oportunidad de tener un encuentro tan sincero con el fenómeno de la revelación Divina.
Hacia el final de su vida, los escritos de Bahaullah relatan algunas experiencias en ese horrible lugar.
fuimos recluidos por 4 meses en un lugar más allá de toda comparación… el calabozo estaba envuelto en profunda oscuridad y el número de nuestros compañeros de prisión llegaba casi a 150 almas, ladrones, asesinos…atestado como estaba no tenía otra salida que el pasadizo por el cual entramos. No hay pluma que pueda describir aquel lugar ni lengua alguna que pueda expresar su repugnante hedor, la mayoría de aquellos hombres no tenían ropas ni donde acostarse, Solo Dios sabe lo que nos aconteció en aquel hediondo y Lóbrego lugar”.
En este contexto es que Bahaullah recibe las primeras señales de Su Misión.
Cierta noche, en un sueño, se escucharon por doquier estas exaltadas palabras:
Verdaderamente, Te haremos victorioso por Ti mismo y por Tu pluma, no te aflijas, por lo que te ha acontecido, ni temas porque Tu estas a salvo, dentro poco Dios hará surgir los tesoros de la tierra: hombres que te ayudaran por Ti mismo y por Tu nombre, para lo cual Dios ha hecho revivir los corazones de aquellos que le han reconocido”
La experiencia de la Revelación Divina, tratada sólo de forma indirecta en los relatos que se han conservado sobre la vida de Buda, Moisés , Jesucristo y Muhammad, es descrita de forma gráfica por las propias palabras de Bahaullah:
Durante los días en que yací en la prisión de Teherán, a pesar de que el mortificante peso de las cadenas y la atmosfera hedionda solo me permitían dormir un poco , aun en esos infrecuentes momentos de adormecimiento Yo Sentía como si algo fluyera desde la corona de Mi cabeza sobre Mi pecho, como un poderoso torrente que se precipitaran sobre la tierra desde la cumbre de una elevada montaña. Como consecuencia de ello cada miembro de Mi cuerpo se encendía, en esos momentos Mi lengua recitaba lo que ningún hombre soportaría oír”.
Finalmente y todavía sin juicio, Baháullah es liberado de la prisión y desterrado inmediatamente de Su tierra natal, se le confisco todas sus propiedades y riquezas.
Alguno políticos conocidos, otros nobles ofrecieron ayuda pero dado el clima político que reinaba el país y para que no se tergiverse decidió aceptar el exilio y destierro a Iraq. En ese entonces bajo el dominio del Imperio Otomano. Así se inicia el exilio de Bahaullah su familia y seguidores por 40 años.
En los años siguientes a su partida se ocupó de las necesidades de la comunidad babi que se había agrupado en Bagdad, y que se había quedado sin su líder tras la muerte del Bab y de la mayoría de sus maestros.
Cuando sus esfuerzos por reunir a los que habían huido a Iraq despertaron celos y disensión Él siguió el camino de los Mensajeros y se alejó a las montañas del Kurdistán, su retiro era para evitar llegar a ser Objeto de discordia. Fue un periodo de pesares pero también de intensa felicidad durante el cual reflexiono profundamente sobre el mensaje que se le había confiado “A solas comulgamos con nuestro espíritu”. Regresa debido a los ruegos de los amigos que finalmente habían descubierto donde se encontraba.
Dos de los volúmenes más importantes de los escritos de Bahaullah datan de este periodo previo a su declaración en 1863. El primero de ellos es un pequeño libro que Él título Las Palabras Ocultas, escrito en forma de aforismos morales, este volumen constituye el corazón ético del Mensaje de Bahaullah. Describe como la esencia de las enseñanzas espirituales de todas las Revelaciones del pasado, la voz de Dios habla directamente al alma humana.
¡Oh Hijo del Ser! Con las manos del poder te hice y con los dedos de la fuerza te creé; y dentro de ti he puesto la esencia de Mi luz. Conténtate con ella y no busques nada más, pues Mi obra es perfecta y Mi mandato es ineludible. No lo cuestiones ni lo pongas en duda.
El otro libro que viene de ese tiempo es El Libro de la Certeza, una amplia exposición de la naturaleza y propósito de la religión. En pasajes que extraen significado no solo del Corán, sino con igual facilidad y penetración del Antiguo y Nuevo Testamento, se describe a los Mensajeros de Dios como agentes de un proceso único y continuo: el Despertad de la Raza Humana a sus potencialidades espirituales y morales . Una humanidad que ha llegado a la madurez puede responder ante una presentación directa de las enseñanzas que va más allá del lenguaje de la parábola y la alegoría, La fe es una cuestión ya no de creencia ciega , sino de conocimiento consiente. El don de la razón confiere a cada individuo en esta nueva era de iluminación y educación la capacidad de responder a las instrucciones divinas, es una prueba de sinceridad: “Ningún hombre alcanzará las orillas del Océano del verdadero entendimiento a menos que se haya desprendido de todo lo que hay en el cielo y en la tierra. (…)
Ninguna mención explícita se hace de la todavía no anunciada misión de Bahá'u'lláh; por el contrario El Libro de la Certeza está estructurado en torno a una vigorosa exposición de la misión del martirizado Báb.
Bahá'u'lláh puso ante ellos el desafío no sólo de conducir su vida personal en conformidad con las enseñanzas divinas, sino de hacer de su comunidad un modelo para la heterogénea población de Bagdad, la capital provincial iraquí. Aunque vivían en circunstancias materiales muy apuradas, los exiliados fueron revitalizados por esta visión. Uno de los miembros del grupo, un hombre llamado Nabíl, que posteriormente iba a dejar una historia detallada de los ministerios del Báb y de Bahá'u'lláh, ha descrito la intensidad espiritual de aquellos días:
Muchas noches más de diez personas subsistían con tan sólo un puñado de dátiles. Nadie sabía a quién pertenecían realmente los zapatos, las capas o las túnicas que se hallaban en sus casas. Ninguno de ellos, cuando iba al bazar, podía asegurar que los zapatos que llevaba eran los suyos y tampoco cada uno de los que entraba en presencia de Bahá'u'lláh podía afirmar que la capa o túnica que llevaba le pertenecía. [...] ¡Oh, qué júbilo el de aquellos días y qué felicidad y asombro en aquellas horas!"
La comunidad de exiliados llegó gradualmente a convertirse en un elemento respetado e influyente en la capital provincial de Iraq.
En 1863 Bahá'u'lláh vio llegado el momento de empezar a familiarizar a algunos de los que Le rodeaban con la misión que Le había sido confiada en la oscuridad del Siyáh-Chál. Esta decisión coincidió con una nueva etapa en la campaña de oposición a Su labor que el clero musulmán shiíta y los representantes del gobierno persa habían seguido manteniendo implacablemente. Temiendo que la aprobación y los elogios que empezaban a dedicar a Bahá'u'lláh algunos de los persas influyentes que visitaban Iraq volvieran a encender el entusiasmo popular en Persia, el gobierno del Sháh presionó a las autoridades otomanas para que Le trasladaran lejos de la frontera, hacia el interior del imperio. Finalmente, el gobierno turco accedió a estas presiones e instó al exiliado a que, en calidad de invitado, estableciera Su residencia en la capital, Constantinopla. A pesar de los términos corteses en los que estaba redactado el mensaje, la intención era claramente la de exigir su cumplimiento
Para entonces la devoción del pequeño grupo de exiliados se había centrado en la persona de Bahá'u'lláh y en Su exposición de las enseñanzas del Báb. Eran cada vez más los que habían llegado al convencimiento de que Él hablaba no sólo como el defensor del Báb, sino en nombre de aquella causa mucho mayor que Éste último había declarado inminente. La creencia pasó a ser certeza a finales de abril de 1863, cuando Bahá'u'lláh, en vísperas de Su partida hacia Constantinopla, reunió a varios de Sus compañeros en un jardín al que más tarde se le daría el nombre de Ridván ("Paraíso") y les confió el hecho central de Su misión. Durante los cuatro años siguientes, aunque no se consideró apropiado anunciarlo abiertamente, los que habían oído a Bahá'u'lláh compartieron gradualmente con amigos de confianza la noticia de que las promesas del Báb se habían cumplido y que "el Día de Dios" había amanecido.
El propósito que cimenta toda la creación es la revelación de este muy sublime y santísimo Día, conocido como el Día de Dios en Sus Libros y Escrituras; el Día que todos los Profetas, Elegidos y santos, han deseado presenciar.
[...] éste es el Día en el que la humanidad puede contemplar el Rostro y oír la Voz del Prometido. La Llamada de Dios ha sido proclamada y la luz de Su Semblante se ha levantado sobre los hombres. Incumbe a cada hombre borrar de la tablilla de su corazón la huella de toda palabra vana y contemplar, con mente abierta e imparcial, los signos de Su Revelación, las pruebas de Su Misión y las señales de Su Gloria.
Tal como se enfatiza repetidamente en la exposición que Bahá'u'lláh hace sobre el mensaje del Báb, el propósito fundamental de Dios al revelar Su voluntad es llevar a cabo una transformación en el carácter de la humanidad, desarrollar en el interior de aquellos que responden las cualidades morales y espirituales que están latentes dentro de la naturaleza humana:
Embelleced vuestras lenguas, oh pueblo, con la veracidad y adornad vuestras almas con el ornamento de la honradez. Cuidado, oh pueblo, no sea que obréis traicioneramente con alguien. Sed los fiduciarios de Dios entre Sus criaturas y los emblemas de Su generosidad en medio de Su pueblo. [...]
Para el 3 de mayo de 1863, cuando salió a caballo de Bagdad junto con Su familia y aquellos compañeros y sirvientes elegidos para acompañarle hasta Constantinopla, Bahá'u'lláh se había convertido en una figura enormemente popular y querida. En los días inmediatamente anteriores a Su partida afluyeron al jardín en el que había fijado temporalmente Su residencia un gran número de personalidades, entre las que se encontraba el propio Gobernador de la provincia, recorriendo en muchos casos largas distancias con el fin de presentarle sus respetos. Testigos que presenciaron el momento de la partida han descrito en términos conmovedores el clamor con que Le despidieron, las lágrimas de muchos de los presentes y la preocupación de las autoridades otomanas y los funcionarios civiles por hacer los honores a su visitante.
Tras la Declaración de su Misión en 1863, Bahá'u'lláh comenzó a tratar en profundidad un tema ya abordado en El Libro de la Certeza, la relación entre la Voluntad de Dios y el proceso evolutivo por el que encuentran su expresión las capacidades espirituales y morales latentes en la naturaleza humana. Esta exposición ocuparía un lugar central en Sus escritos durante los treinta años restantes de Su vida. La realidad de Dios, asegura Él, es y seguirá siendo siempre incognoscible. Cualquier palabra que el pensamiento humano pueda atribuir a la naturaleza divina está relacionada sólo con la existencia humana y es producto de los esfuerzos humanos por describir una experiencia humana:
¡Lejos, muy lejos de Tu gloria esté lo que los hombres mortales puedan afirmar de Ti o atribuirte, o la alabanza con la que puedan glorificarte! Cualquier deber que Tú hayas prescrito a Tus siervos de ensalzar al máximo Tu majestad y gloria es sólo una muestra de Tu gracia hacia ellos, a fin de que les sea posible ascender a la posición conferida a su propio ser interior, la posición del conocimiento de sí mismos.
Lo que la humanidad experimenta al volverse hacia el Creador de toda la existencia son los atributos o cualidades que están asociados a las sucesivas Revelaciones de Dios:
Estando así cerrada la puerta del conocimiento del Antiguo de los Días a la faz de todos los seres, la Fuente de gracia infinita ha hecho que [...] aparezcan del reino del espíritu aquellas luminosas Joyas de Santidad, en la noble forma del templo humano, y sean reveladas a todos los hombres a fin de que comuniquen al mundo los misterios del Ser inmutable y hablen de las sutilezas de Su Esencia imperecedera….
Las Revelaciones de Dios no difieren una de otra en ningún aspecto esencial, aunque las necesidades cambiantes de las que se ocupan, de época en época, han exigido de cada una de ellas respuestas especiales para cada caso:
Estos atributos de Dios no son ni jamás han sido concedidos especialmente a ciertos Profetas y negados a otros. Al contrario, todos los Profetas de Dios, Sus favorecidos, Sus santos y escogidos Mensajeros, son sin excepción los portadores de Sus nombres y las personificaciones de Sus atributos. Sólo difieren en la intensidad de Su revelación y en la potencia relativa de Su luz. ..

Bahá'u'lláh compara las intervenciones de las Revelaciones Divinas con el retorno de la primavera. Los Mensajeros de Dios no son meros maestros, aunque ésta es una de sus funciones principales; antes bien, el espíritu de Sus palabras, junto con el ejemplo de Sus vidas, tiene la capacidad de penetrar en las raíces de la motivación humana y producir cambios fundamentales y duraderos. Su influencia abre nuevas esferas para la comprensión y para la realización de mayores logros.
Sin esta mediación del mundo divino, la naturaleza humana permanece esclava del instinto, así como de suposiciones inconscientes y modelos de conducta que han sido determinados culturalmente:
Habiendo creado el mundo y todo lo que en él vive y se mueve, Él (Dios) [...] escogió conferirle al hombre la singular distinción y capacidad de conocerle y amarle, una capacidad que debe necesariamente ser considerada el impulso generador y el objetivo primordial que sostiene la creación entera. [...] Sobre la más íntima realidad de cada cosa creada Él ha derramado la luz de uno de Sus nombres y la ha hecho un recipiente de la gloria de uno de Sus atributos. Sobre la realidad del hombre, sin embargo, Él ha concentrado el esplendor de todos Sus nombres y atributos y la ha hecho un espejo de Su propio Ser. De todas las cosas creadas sólo el hombre ha sido escogido para recibir un favor tan grande y una generosidad tan perdurable.
Los Profetas de Dios deben ser considerados como médicos cuya tarea es fomentar el bienestar del mundo y sus pueblos para que, mediante el espíritu de unidad, puedan curar la dolencia de una humanidad dividida. [...]
No sería de extrañar, entonces, si se encontrara que el tratamiento prescrito por el médico en este día no es idéntico al que prescribió anteriormente. ¿Cómo podría ser de otra manera, cuando las dolencias que afectan al paciente necesitan un remedio especial en cada etapa de su enfermedad? De igual modo, cada vez que los Profetas de Dios han iluminado al mundo con el resplandeciente brillo del Sol del conocimiento Divino, han emplazado invariablemente a sus pueblos a abrazar la luz de Dios por los medios que mejor se adaptaban a las exigencias de la época en que aparecieron.” [...]
No sólo el corazón, sino también la mente, deben dedicarse a este proceso de descubrimiento. La razón, afirma Bahá'u'lláh, es el mayor don de Dios al alma, "un signo de la revelación [...] del soberano Señor." Sólo liberándose de los dogmas heredados, ya sean religiosos o materialistas, puede la mente emprender una investigación independiente sobre la relación entre la Palabra de Dios y la experiencia de la humanidad. En tal búsqueda uno de los mayores obstáculos es el prejuicio.
Algunos de los pasajes más importantes de los escritos de Bahá'u'lláh son los que exponen extensamente la naturaleza y el papel de aquellos que son los canales de esta Revelación, los Mensajeros o "Manifestaciones de Dios". Una analogía que se encuentra repetidamente en estos pasajes es la del sol físico. Mientras éste comparte ciertas características con otros cuerpos del sistema solar, difiere sin embargo de ellos en que es, en sí mismo, la fuente de luz del sistema. Los planetas y satélites reflejan la luz, mientras que el sol la emite como un atributo inseparable de su propia naturaleza. El sistema gira alrededor de este punto focal y cada uno de sus miembros no sólo es influido por su composición particular, sino también por la fuente de luz del sistema
Del mismo modo, afirma Bahá'u'lláh, la personalidad humana que la Manifestación de Dios comparte con el resto de la humanidad se diferencia de las otras de tal modo que la hace adecuada para servir como canal o vehículo para la Revelación de Dios. Las referencias aparentemente contradictorias respecto a esta doble posición atribuidas, por ejemplo, a Cristo han sido una de las muchas fuentes de confusión y disensión religiosas a través de la historia. Bahá'u'lláh dice sobre el tema:
Todo lo que hay en los cielos y todo lo que hay en la tierra es una prueba directa de la revelación de los atributos y nombres de Dios. [...] En un grado sumo, esto es verdadero acerca del hombre, quien, entre todo lo creado, [...] ha sido señalado para la gloria de tal distinción. Pues en él están revelados potencialmente todos los atributos y nombres de Dios en un grado que no ha sido superado ni excedido por ningún otro ser creado. [...] Y de todos los hombres, los más perfectos, los más distinguidos y los más excelsos son las Manifestaciones del Sol de la Verdad. Más aún, todos, excepto estas Manifestaciones, viven por la acción de Su Voluntad y se mueven y existen por las efusiones de Su gracia.
De particular importancia para la comprensión de las enseñanzas de Bahá'u'lláh sobre la unidad de las religiones son Sus declaraciones acerca de la posición de los sucesivos Mensajeros de Dios y sobre la función que han realizado en la historia espiritual de la humanidad:
(Las) Manifestaciones de Dios tienen, cada una de ellas, una doble posición. Una es la posición de abstracción pura y unidad esencial. En este sentido, si tú las llamas a todas Ellas por un solo nombre y Les asignas los mismos atributos, no te desvías de la verdad. [...]
La otra posición es la de distinción y pertenece al mundo de la creación y sus limitaciones. Respecto a esto, cada Manifestación de Dios tiene una individualidad distinta, una misión definidamente señalada, una revelación predestinada y limitaciones especialmente designadas. Cada una de Ellas es conocida por un nombre diferente y se caracteriza por un atributo especial, cumple una misión definida [...].
Vistas a la luz de la segunda posición [...] manifiestan servidumbre absoluta, máxima pobreza y completo olvido de Sí mismas. Tal como Él dice: "Soy el siervo de Dios. No soy más que un hombre como vosotros..."
Si alguna de las Manifestaciones universales de Dios declarase: "Yo soy Dios", diría ciertamente la verdad y no cabría duda alguna de ello. Ya que [...] a través de Su Revelación, Sus atributos y nombres manifiestan en el mundo la Revelación de Dios, Sus nombres y Sus atributos. [...] Y si alguno de Ellos pronunciase la expresión: "Yo soy el Mensajero de Dios," también diría indudablemente la verdad. [...] Contemplados bajo esta luz, se ve que todos Ellos no son más que Mensajeros de ese Rey ideal, de esa Esencia inmutable. [...]
E estos párrafos se halla implícita una perspectiva que constituye la faceta más desafiante de la exposición de Bahá’u’lláh sobre la función de la función de la manifestación de Dios, la Revelación Divina dice, es la fuerza motriz de la civilización. Cuando aparece, su efecto transformador en las mentes y en las almas de quienes responden a ella se plasma en la nueva sociedad que va tomando forma paulatinamente en torno a esa experiencia. Aparece un nuevo foco de lealtad que puede lograr el compromiso de pueblos de muy diversas culturas; la música y las artes utilizan símbolos que transmiten unas aspiraciones mucho más ricas y maduras; una nueva y radical definición de los conceptos de lo correcto y lo erróneo hace posible la formulación de nuevos códigos de leyes civiles y de conducta; se crean nuevas instituciones con el propósito de dar expresión a los impulsos de responsabilidad moral que anteriormente eran ignorados o desconocidos: "Estaba en el mundo y el mundo fue hecho por él [...]."
A medida que la nueva cultura evoluciona hacia una civilización, asimila los logros e ideas de épocas pasadas en una multitud de nuevas combinaciones. Las características de antiguas culturas que no pueden ser incorporadas se atrofian o son adoptadas por elementos marginales de la población. La Palabra de Dios crea nuevas posibilidades tanto en la conciencia individual como en las relaciones humanas. Toda palabra que emana de la boca de Dios está dotada de tal potencia que puede infundir nueva vida a cada estructura humana.
Finalmente, a medida que una civilización en continua evolución agota sus fuentes espirituales, empieza un proceso de desintegración, al igual que ocurre en el mundo de los fenómenos. Volviendo otra vez a las analogías que ofrece la naturaleza, Bahá'u'lláh compara esta pausa en el desarrollo de la civilización con la llegada del invierno. Disminuye tanto la vitalidad moral como la cohesión social. Los desafíos, que se hubieran superado en etapas anteriores o se hubieran convertido en oportunidades para la investigación y el éxito, se convierten en barreras insuperables. La religión pierde su relevancia y la inquietud renovadora va interrumpiéndose progresivamente, haciendo cada vez más profundas las divisiones sociales. La incertidumbre sobre el significado y valor de la vida genera cada vez más ansiedad y confusión. Refiriéndose a esta condición de nuestra propia época, Bahá'u'lláh dice:
Percibimos perfectamente cómo toda la raza humana está rodeada de grandes e incalculables aflicciones. La vemos languidecer en su lecho de enfermo, severamente atribulada y desilusionada. Los que están embriagados de orgullo se han interpuesto entre ella y el divino e infalible Médico. Atestiguad cómo han envuelto a todos los hombres, incluidos ellos mismos, en la red de sus artificios. No pueden descubrir la causa de la enfermedad, ni tampoco poseen conocimiento alguno del remedio. Han concebido que lo recto es torcido y han imaginado que su amigo es un enemigo.
Cuando cada uno de los impulsos divinos se ha cumplido, el proceso se repite. Una nueva Manifestación de Dios aparece con una medida más plena de la inspiración divina para la siguiente etapa del despertar y del proceso civilizador de la humanidad: La sucesión de las Manifestaciones es un hecho consustancial a la creación, declara Bahá'u'lláh, y continuar durante toda la vida del mundo: "Dios ha enviado a sus Mensajeros para que sucedan a Moisés y Jesús y continuará haciéndolo hasta 'el fin que no tiene fin'[...]."
En el contexto de la historia de la civilización, el objetivo de la sucesión de las Manifestaciones divinas ha sido preparar la conciencia humana para la unificación de la humanidad como una sola especie, más aún, como un único organismo capaz de asumir la responsabilidad de su futuro colectivo: "Aquel que es vuestro Señor, el Todo Misericordioso", dice Bahá'u'lláh, "atesora En su corazón el deseo de ver a toda la raza humana como una sola alma y un solo cuerpo."
Hasta que la humanidad no haya aceptado su unidad orgánica no podrá ni siquiera afrontar sus desafíos inmediatos, mucho menos aquellos que le aguardan en el futuro: "El bienestar de la humanidad", reitera Bahá'u'lláh, "su paz y seguridad son inalcanzables a menos y hasta que su unidad sea firmemente establecida
Al año de Su llegada a Andrinópolis, su prisionero había despertado primero el interés y luego la ferviente admiración de figuras destacadas tanto de la vida intelectual como administrativa de la región. Para consternación de los representantes consulares persas, dos de los más devotos de estos admiradores eran Khurshíd Páshá, el gobernador de la provincia y el Shaykhu'l-Islám, el principal dignatario religioso sunnita. A los ojos de sus anfitriones y del público en general, el exiliado era un filósofo moral y un santo, y la validez de Sus enseñanzas se reflejaba no sólo en el ejemplo de Su propia vida, sino en la transformación que producía en los numerosos grupos de peregrinos persas que iban acudiendo a ese remoto punto del Imperio Otomano con el propósito de visitarle
Cuando el Ministro turco de Asuntos Exteriores Fu'ád Páshá regresó de una visita a Andrinópolis, sus sorprendentes informes sobre la reputación de la que Bahá'u'lláh había llegado a disfrutar en toda la región parecieron prestar credibilidad a las sugerencias del embajador persa. En este clima de opinión, el Gobierno decidió bruscamente someter a su invitado a un estricto confinamiento. Sin previo aviso, una mañana temprano los soldados rodearon la casa de Bahá'u'lláh y se ordenó a los exiliados que se prepararan para partir hacia un destino desconocido. El lugar escogido para este destierro final fue la siniestra ciudad fortaleza de Akká (Acre) en la costa de Tierra Santa. Famosa en todo el imperio por lo detestable de su clima y por la abundancia de enfermedades, Akká era una colonia penal utilizada por el Estado Otomano para el encarcelamiento de criminales peligrosos, de quienes se podía esperar que no sobreviviesen demasiado tiempo su encarcelamiento en aquel lugar. Desde Su llegada en agosto de 1868, Bahá'u'lláh, los miembros de Su familia y un grupo de Sus seguidores que habían sido exiliados con Él, iban a experimentar dos años de sufrimientos y abusos dentro de la fortaleza misma; después serían confinados bajo arresto domiciliario en un edificio cercano propiedad de un comerciante local.
En Akká, Bahá'u'lláh continuó dictando la serie de cartas a gobernantes individuales que había comenzado en Andrinópolis
La condena más severa de Bahá'u'lláh está reservada a las barreras que la religión organizada ha erigido a lo largo de la historia entre la humanidad y las Revelaciones de Dios. Dogmas inspirados en la superstición popular y perfeccionada por un empleo inadecuado de la facultad racional, se han impuesto repetidamente sobre un proceso divino cuyo propósito en todo tiempo ha sido espiritual y moral.
La consecuencia de este triste historial es el desprestigio que ha sufrido la religión en todo el mundo. Peor aún, la religión organizada se ha convertido en una de las más virulentas causas de odio y guerra entre los pueblos del mundo. "El fanatismo y el odio religiosos", advirtió Bahá'u'lláh hace más de un siglo, "son un fuego que devora al mundo y cuya violencia nadie puede extinguir. Sólo la Mano del Poder Divino puede librar a la humanidad de esta aflicción desoladora."
A quienes Dios hará responsables de esta tragedia, dice Bahá'u'lláh, es a los líderes religiosos de la humanidad que han pretendido hablar en Su nombre a lo largo de la historia. Sus intentos de convertir la Palabra de Dios en un coto privado y su exposición en un medio de engrandecimiento personal han sido el mayor obstáculo contra el que ha tenido que luchar el progreso de la civilización. Dirigiéndose al clero de todas las religiones, Bahá'u'lláh les advierte de la responsabilidad que han asumido tan descuidadamente en la historia:
Sois como un manantial. Si se cambia, así cambiarán los torrentes que fluyen de él. Temed a Dios y contaos entre los piadosos. De igual manera, si el corazón del hombre se corrompe, sus extremidades también se corromperán. E igualmente, si la raíz de un árbol se pudre, sus ramas, sus renuevos, sus hojas y sus frutos se pudrirán.
En junio de 1877 Bahá'u'lláh salió por fin de Su estricto confinamiento en la ciudad prisión de 'Akká y se mudó con Su familia a "Mazra'ih", una pequeña finca a pocas millas al norte de la ciudad. Como había predicho en Su declaración al gobierno turco, el Sultán Abdu'l-'Azíz había sido derrocado y asesinado en una intriga palaciega y las rachas de los vientos de cambio político que barrían el mundo comenzaron a invadir incluso los cerrados recintos del sistema imperial otomano. Tras una breve estancia de dos años en Mazra'ih, Bahá'u'lláh se trasladó a "Bahjí", una gran mansión rodeada de jardines que Su hijo 'Abdu'l-Bahá había alquilado para Él y para los miembros de Su extensa familia. Los doce años restantes de Su vida estuvieron dedicados a escribir sobre un amplio abanico de temas espirituales y sociales y a recibir un flujo de peregrinos bahá'ís que llegaban con grandes dificultades desde Persia y otras tierras. Por todo el Cercano y Medio Oriente comenzaba a tomar forma el núcleo de una vida en comunidad entre aquellos que habían aceptado Su mensaje. Para guiarla, Bahá'u'lláh había revelado un sistema de leyes e instituciones diseñadas para dar una dimensión práctica a los principios expresados en Sus escritos. Invistió de autoridad a los consejos elegidos democráticamente por toda la comunidad; dejó disposiciones para excluir la posibilidad de que surgiera una élite clerical y estableció los principios de la consulta y de la toma de decisiones en grupo. En el corazón de este sistema estaba lo que Bahá'u'lláh denominó una "nueva Alianza" entre Dios y la humanidad. El rasgo característico de la madurez de la humanidad es que por primera vez en su historia la totalidad de la raza humana está involucrada conscientemente, aunque de forma vaga, en la conciencia de su propia unidad y de la tierra como un hogar común. Este despertar abre el camino hacia una nueva relación entre Dios y la humanidad. A medida que los pueblos del mundo abracen la autoridad espiritual inherente a la guía de la Revelación de Dios para esta época, decía Bahá'u'lláh, encontrarán en sí mismos una capacitación moral que el esfuerzo humano, por sí solo, ha demostrado ser incapaz de generar. "Una nueva raza de hombres" surgirá como resultado de esta relación y emprenderá la tarea de construir una civilización mundial. La misión de la comunidad bahá'í sería la de demostrar la eficacia de esta Alianza para curar los males que dividen a la raza humana. Bahá'u'lláh murió en Bahjí el 29 de mayo de 1892 en el año 75 de Su vida. En el momento de Su fallecimiento, la causa que Le fuera confiada cuarenta años antes en la oscuridad del Pozo Negro de Teherán estaba preparada para salir de las tierras islámicas donde había tomado forma y establecerse primero por América y Europa y después por todo el mundo. Al hacerlo así, se convertiría en prueba fehaciente de la nueva Alianza entre Dios y la humanidad. La Fe bahá'í con su comunidad de creyentes sería la única entre las religiones independientes del mundo que iba a pasar con éxito este primer siglo crítico de su existencia con su unidad firmemente intacta y sin sufrir la antigua plaga de cismas y facciones. Esta experiencia ofrece una evidencia irrefutable para la afirmación de Bahá'u'lláh de que la raza humana, en toda su diversidad, puede aprender a vivir y a trabajar como un solo pueblo, en una patria común planetaria. Sólo dos años antes de Su muerte, Bahá'u'lláh recibió en Bahjí a uno de los pocos occidentales que Le vieron y el único que dejó un relato escrito de la experiencia. El visitante era Edward Granville Browne, un orientalista joven y prometedor de la Universidad de Cambridge, cuya atención se había sentido atraída originalmente por la dramática historia del Báb y de Su heroico grupo de seguidores. Sobre su encuentro con Bahá'u'lláh, Browne escribió:
Aunque yo tenía una vaga idea del lugar a donde iba y a quién había de contemplar (pues no se me había dado ninguna indicación precisa), pasaron unos segundos antes de que, estremecido de asombro y reverente temor, tuviera conciencia de que la habitación no estaba vacía. En el ángulo donde el diván tocaba la pared, distinguí una extraordinaria y venerable figura. [...] El rostro de aquel a quien contemplé nunca lo podré olvidar aunque no puedo describirlo. Esos ojos penetrantes parecían leer en el alma de uno; en su amplia frente había poder y autoridad [...]. ¡No necesitaba preguntar en presencia de quién me encontraba al inclinarme ante aquél que es el objeto de una devoción y un amor que los reyes podrían envidiar y por los cuales los emperadores suspiran en vano! Una voz digna y suave me pidió que me sentara y continuó: "¡Alabado sea Dios ya que tú has llegado hasta mí! [...]. Has venido a ver a un prisionero y un desterrado. [...] Nosotros sólo deseamos el bien del mundo y la felicidad de las naciones; sin embargo nos consideran causantes de sedición y de contiendas, merecedoras de la prisión y el destierro [...]. Que todas las naciones tengan una fe común y todos los hombres sean como hermanos; que se fortalezcan los lazos de afecto y unidad entre los hijos de los hombres; que desaparezca la diversidad de religiones y se anulen las diferencias de raza. ¿Qué mal hay en esto? [...] Pero esto se cumplirá, estas luchas sin objeto, estas guerras desastrosas pasarán.


No hay comentarios:

Publicar un comentario